7/22/2009
Micky me hizo goleador
6/17/2009
Apenas lo conocía y se murió
Tiene veinte años pero ya habla como vieja.” Todos los hombres son iguales”. Mi alumna sufre de un mal extendido. Una pandemia juvenil de la que la OMS no tiene ni idea: el desengaño.
No digas eso.
No profe, todos los hombres son iguales.
La tomo del brazo y saco de lo más profundo de mi alma una enseñanza aprendida en un monasterio de monjes budistas. Repito una por una las palabras de la metáfora enseñada por el maestro Po:
- “Si construyes una casa y te toca clavar en una pared y de pronto se dobla el clavo, ¿desconfiarías de todos los clavos? ¿dirías que todos los clavos son iguales?
La chica me mira, sonríe.
- No, sería estúpido, deben haber otros clavos que sirvan.
- Hay que confiar, siempre hay que confiar.
La alumna se va y comenta algo con una amiga. Nunca sabré de qué hablan.
La verdad nunca estuve en monasterio budista alguno y salvo el administrador del Chung Yiong de Barranco, no conozco a nadie que se parezca al maestro Po. Más allá de tres países de Sudamérica, no viajé nada más. De Europa sé por la TV y de China nada. Pero refrendo lo dicho. Incluso agrego que tengo un maestro Shaolin. Un referente que me ha guiado en los últimos tiempos y cuyos conceptos repito como una letanía.
Y al comienzo me costó ingresar al templo.
-¡Sé que te va a gustar, míralo una vez y me dices!
Me lo había dicho tantas veces que ya sonaba a súplica. Soy un fanático de las series, sin embargo no me atraía la que me recomendaba El Cholo. En ese momento mi mundo discurría por Nip Tuck, The Shild, Dr House y Sex and the city. No hacía falta más.
Durante varios años, muchos, mi hijo me pidió que viera Kung Fu, serie de los años 70 que hasta ahora lo tiene cautivado. Formado bajo enseñanzas orientales, específicamente del budismo, y hábil practicante de Tai Chi, con medalla internacional y todo, sentí que Kung Fu era atractiva para gente como mi hijo, metido en disciplinas similares. Cholo hacía años que estaba en el tema y sus maestros Jota y Paul, se habían convertido en mis amigos. Con Paul y otros chicos se fueron a competir a Brasil y El Cholo trajo una medalla de bronce. Fue una gran emoción. El mundo al que había ingresado me gustaba. Casi siempre el desayuno era el momento cuando me contaba sus descubrimientos filosóficos y yo me entusiasmaba, y debatíamos, y aprendía un montón. Con el tiempo internalizaba las partes que más me interesaban, leía alguito más y luego lo comentaba en mi programa de radio. Esos años fueron de gran enseñanza, siempre lo digo: cuando mi hijo entró a estudiar budismo me cambió la vida. Si, no es exagerado, me cambió la vida. Como si fuera una lección aprendida por ósmosis, logré practicar algunas de las cosas que conversábamos. De lo que me contaba se me quedó una frase “ Hay que esperar lo mejor, pero hay que estar preparado para lo peor” Le hacía competencia a mi otra frase favorita, la de San Agustín: “deseo poco y lo poco que deseo lo deseo poco”.
Con el tiempo me convertí en un “budista light” como me decía El Cholo. Me parecía simpático y hasta ahora me defino así filosófica y religiosamente, budista light. Sólo dos cosas no me cerraban de toda esta experiencia, ver la serie Kung fu y practicar Tai chi. Con el Tai chi lo intenté, claro. Recuerdo como si fuera ahora, mis primeras clases en la azotea de nuestra casa de Chacaltana, en Miraflores. Mi hijo enseñándome un arte del que fui un aplicado alumno sólo en dos clases. Mi hijo enseñándome, que simbólico, esa ha sido una constante en vida. ¡Lo que he aprendido con El Cholo!
Si con la disciplina oriental llegué a dos clases, con la serie nada. Ni un bloque, ni siquiera la presentación. Nada.
Mi hijo se fue a Estados Unidos y tal vez la lejanía, la nostalgia, las ganas locas de verlo y principalmente sentirlo, me hicieron comprar la primera temporada de la serie. Él había seguido insistiendo por teléfono o skipe. “ mírala, te va a gustar” Un día le di la sorpresa. “Adivina” Claro que se sorprendió. “Las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir, ni antes ni después” le dije sacando lo mejor de mi repertorio de budista ligth.
Hace unos meses, religiosamente, todos los lunes de 9 a 11, justo después de dejar a mi esposa en su trabajo y antes de iniciar mis clases en Alas, tengo mi contacto con Kung Fu. Cada siete días, que es cuando tengo tiempo, descubro un mundo alucinante. Una persona, Caine, entrañable y querida. Una bocanada de oxígeno que me sirve para entender al mundo e intentar ser cada día mejor. Cada capítulo me hace crecer. No es que alguien vea la serie y empiece a cambiar, no. Tiene que ver con otra cosa. Con caminos elegidos desde antes. Con el amor por la vida, por ver a los animales como nuestros hermanos menores. Con practicar la tolerancia que nos hace mejores seres humanos. Tiene que ver con la espiritualidad a flor de piel. No cada siete días, que es cuando veo la serie, o cuando algunos van a misa. Tiene que ver con el compromiso diario, horario, y claro que es difícil. Y por supuesto tiene que ver con lo que vivimos antes. Con los días del Cholo en la Casa de Cartón, que es cuando empezó todo. Cuando comenzamos a soñar con cambiar el mundo, o por lo menos nuestro mundo, y en eso estamos. Tiene que ver con las películas que vemos, con la música y las lecturas que nos hacen sensibles. Con nuestra admiración por Cuba, con el respeto al hombre, se llame como se llame o se vea como se vea. La serie es un complemento de nuestra opción de vida. De esa vida que vamos construyendo con El Cholo todos los días, a pesar de la distancia.
Mi hijo me muestra su próximo post, es sobre lo ocurrido en Bagua. Y tiene que ver con esa apuesta por la vida de la que tanto hablamos y que él aprendió en sus clases de budismo. Y yo aprendí de él. Finalmente somos dos personas que luchan por ser mejores. Y les cuesta, claro que nos cuesta. Hablamos hasta que nuestro plato se enfría y así, él en Florida y yo en Surquillo, seguimos luchando contra esas incoherencias imposibles de superar. Y ahí están el maestro Po y el Pequeño Saltamontes diciéndonos qué hacer ante un problema. Gracias Pequeño Saltamontes, me dolió tu muerte. Puta madre que me dolió. Mi esposa me llamó para contarme la mala nueva. Con delicadeza, sabiendo que me dolería. Como una madre le puede contar a su pequeño hijo sobre la muerte de su héroe. Es que afortunadamente sigo siendo un niño, ese que Exúpery nos dice que no matemos. Y por supuesto que Caine era mi héroe. Ha muerto me dice, pienso en mi hijo. Lo quiero llamar pero estoy en clase. Se me parte el corazón. Mis alumnos siguen luchando con la tilde. El maestro me diría que no sea ansioso. En la noche lo llamo. Mi hijo por supuesto que también está tocado. “el Pequeño saltamontes no le hizo caso al maestro Po”. Me dice y mi corazón se encoje un poquito.
Nos vemos el lunes mister Caine. Gracias por todo.
Gracias también Cholo.
2/19/2009
Escucho Oh, Sister de Bob Dylan y me sale esto, sin posibilidad de cernirlo ni negarme a escribirlo.
1/28/2009
Hombre sin brazos tomando desayuno
1/16/2009
Simplemente salió
4/22/2008
YA ESTABA ENCAMINADO
Ya está encaminado.
Así decían las abuelas cuando los nietos alcanzaban la madurez.
El padre, casi siempre asustado, equivocándose a cada paso y atormentado por la formación del hijo, muchas veces no podía ver que el chiquito ese que lloraba por todo, que tenía una facilidad increíble para meterse en problemas, ya era mayor.
Las abuelas, desprovistas de la responsabilidad directa de la crianza, eran sabias y podían ver que el “bebito” ya era todo un hombrecito. Y tal vez sin diminutivos. Ya estaba encaminado.
Hago toda esta reflexión a partir del año y medio que mi hijo vive en West Palm Beach. La vida, la crisis limeña, la falta de oportunidades, el no tener una familia influyente; en fin, el ser parte de la mayoría de peruanos, lo llevaron a Estados Unidos. Fue dura la decisión pero acertada. Y fue terrible el dolor de la separación. Fue como si me sacaran una extremidad sin anestesia. Lloraba como loco. Llegué a creer que me moriría de la pena. Veintisiete años juntos, pasando por todo; con plata, sin plata; con miedos, con sueños lejanos; solo, casi siempre solo con mi hijo, luchando pero sobre todo riendo. Y un día se fue. Ese chico al que enseñé a volar cometa y se ponía tenso agarrando la pita como si de eso dependiera el futuro del mundo; ese pequeño, algo más grande, un día agarró a sus dos labradores y se fue a los Estados Unidos. A descubrir ese gran país y a vivir por primera vez con su madre. No sé que fue más complicado.
Me mataba no verlo, no levantarme a llevarle el desayuno a la cama, no jugar Play y pelearnos. No escuchar las canciones que descubría todos los días y yo pacientemente escuchaba. Me mataba no saber de sus amores, de sus sueños. Todo eso era terrible pero era peor aún imaginarlo en el inmenso Estados Unidos, luchando en soledad por encontrar un espacio en el gran país del norte. Nunca nadie sabrá cuánto sufrí. Cuánto puteé contra el Perú por ser esa nación de privilegios y exclusiones.
Como muchos padres pensé que el Cholo aún no tenía la madurez para vivir lo que le había tocado. Mentira. Desde el primer día que se fue, me demostró que el trabajo no fue en vano. Que ser barredor, guachimán, vendedor ambulante y demás valió la pena. No lo sabía, pero el chico que se ponía nervioso cuando volaba cometa, ya estaba encaminado.
Hace un año empezamos una fantástica costumbre. Como tantos jóvenes, mi hijo se abrió un blog y empezó a llenarlo con sus cosas. Al comienzo bien pero nada extraordinario. Luego fue poniendo más y más cosas. De pronto, sin que me diera cuenta, ese niño que un día me enseñó emocionado un libro de Bukowski que le había prestado su amigo Paquico, se convirtió en el escritor que siempre quise que fuera, aunque nunca se lo dije.
A pesar que trabajo enseñando a escribir a jóvenes que tienen el sueño de ser periodistas, nunca le di una clase, nunca le sugerí nada, nunca que lea un manual a algo parecido. El escritor que todos tenemos dentro le empezó a surgir y era hermoso, bello, inteligente, contundente.
Como decía, cada tanto me manda su post de estreno. Me pide que se lo corrija y lo hago. Cada vez hay menos que corregir. Cada vez escribe mejor. Y es una alegría enorme, un milagro cotidiano leer sus ideas, su amor por la vida, sus luchas, su juventud arrolladora.
¡Qué pelotudo!, ya estaba encaminado y no me había dado cuenta. Qué tranquilidad que tengo ahora. Pase lo que pase ya nada cambiará el destino. En sus escritos mi hijo muestra que es una buena persona. Qué tranquilidad. Hoy más que nunca sé que valió la pena haberse roto el culo por ese pequeñito al que enseñé a volar la cometa.
2/07/2008
SALUDEN CARAJO
La gente no saluda. Es como si el saludo disminuyera a la persona. Como si el saludo costara. Como si el saludo te hiciera menos. Me acabo de mudar a un condominio. 128 familias. Me encuentro con mucha gente. Algunos saludan, es cierto. Pero hay un grupo de personas que no saluda. Miran para abajo. Miran al costado. A un lado. Al otro. Es increíble. No lo entiendo. Con mis adolescentes alumnos universitarios lo converso bastante seguido. Saluden. Saludar es decirle al otro que le interesas. Es decirle que no tienes nada que ocultar. Es decir que no tienes miedo. Es decir mis padres invirtieron en mi educación y no los defraudo. No saludar es decirle a la gente, nadie me educó. No saludar indica algún problema de personalidad. Mi peregrinar por diferentes viviendas me llevó a vivir en un edificio. Malecón de Miraflores. El lugar era lo máximo. Unos quince pisos. Cuatro departamentos por piso. Gente de mucho dinero. Menos yo claro. Nunca me saludé con nadie. Yo soy bastante conchudo en eso. Puedo saludar hasta a los gritos. No tengo roche. Algunos no me daban
